La Economía Circular como motor de la acción climática

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Hasta hace poco, cuando hablábamos de descarbonización, el debate se centraba casi exclusivamente en la transición hacia fuentes de energía renovables. Sin embargo, la AEMA ha dejado claro que esto ya no es suficiente para alcanzar la neutralidad climática en 2050 ni el ambicioso objetivo de reducir las emisiones en un 90% para 2040.

Si lo pensamos detenidamente, la lógica es aplastante: los sistemas actuales de producción lineal, basados en el clásico y obsoleto modelo de «extraer, fabricar, usar y tirar», siguen siendo responsables de aproximadamente el 55% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), especialmente si incluimos las emisiones vinculadas a la producción de alimentos y combustibles fósiles. En este contexto, la economía circular emerge en la agenda europea ya no solo como una política inteligente de gestión de residuos, sino como un pilar estratégico e indispensable para la mitigación climática y la resiliencia industrial europea.

Evaluación del potencial global de mitigación de la Economía Circular

Para entender el verdadero impacto que la circularidad puede tener en nuestras metas climáticas, la AEMA ha realizado una revisión exhaustiva de más de 130 estudios y modelos científicos recientes publicados en los últimos cinco años. Los resultados de este meta-análisis son reveladores y muy esperanzadores: la implementación de intervenciones de economía circular podría aportar, en promedio, una reducción del 33% en las emisiones de GEI a nivel global en comparación con los escenarios de continuidad (business as usual). Es cierto que la variabilidad de estas estimaciones en la literatura científica es notable, oscilando entre un modesto 2% y un impresionante 99%, lo cual refleja la enorme diversidad de metodologías y el alcance de las medidas analizadas.

Lo más interesante de este potencial es cómo se distribuye a lo largo del ciclo de vida de los productos. Históricamente, el 50% de la atención (y de la literatura científica) se ha centrado en la fase de «después del uso», es decir, en el reciclaje y la gestión de residuos. Sin embargo, la mayor rentabilidad climática a largo plazo se encuentra en las fases previas. Las medidas aplicadas «antes del uso», como el ecodiseño, la sustitución de materiales y la reducción de peso, previenen la extracción primaria de recursos, un proceso altamente intensivo en carbono. Del mismo modo, las acciones «durante el uso», como el reacondicionamiento, la reparación y los modelos de uso compartido, logran extender la vida útil de los materiales y rompen la necesidad constante de fabricar productos nuevos, permitiendo un desacoplamiento real entre el crecimiento económico y las emisiones.

Análisis de la transformación de las industrias intensivas en energía

Si queremos que la mitigación sea efectiva a gran escala, debemos poner el foco en el núcleo duro de la industria europea. Sectores como el hierro y el acero, el cemento y la cal, el aluminio, la pulpa y el papel, y la industria química representan más del 60% del consumo de energía de toda la manufactura en la UE y generan alrededor del 27% de las emisiones industriales de GEI.

A lo largo de las últimas dos décadas, estas industrias lograron avances notables, reduciendo sus emisiones de GEI en un 42%, al tiempo que reducían drásticamente contaminantes atmosféricos nocivos como los óxidos de azufre (63%), las dioxinas (62%) y los óxidos de nitrógeno (55%). No obstante, la AEMA advierte de una realidad incómoda: este progreso se ha estancado de forma preocupante en los últimos años. Las reducciones más recientes coinciden con una disminución del Valor Añadido Bruto (VAB) de estos sectores, lo que sugiere que gran parte de la caída de emisiones post-2020 se debe a la crisis energética, a problemas de competitividad y a una menor producción industrial, más que a mejoras tecnológicas reales y sostenibles.

El coste social de no actuar de forma más contundente es abrumador. En 2021, los costes externos derivados de la contaminación de estas instalaciones —principalmente impactos graves en la salud pública— ascendieron a la friolera de 73.000 millones de euros anuales. Para revertir esta situación y evitar la desindustrialización, la Unión Europea está impulsando el Pacto Industrial Limpio (Clean Industrial Deal), que busca catalizar una transformación industrial profunda. Esto implica adoptar tecnologías disruptivas, electrificar procesos de alta temperatura, utilizar hidrógeno verde e integrar de forma decidida el uso de materias primas secundarias (como la chatarra de acero y el vidrio reciclado) para fomentar una verdadera circularidad.

Análisis de las rutas sectoriales para la mitigación y la circularidad

El potencial de la economía circular varía significativamente según el sector en el que apliquemos la lupa, ofreciendo distintas oportunidades de acción:

  • Gestión de residuos: aunque sus emisiones totales absolutas son menores que las de otras industrias, este sector ofrece el mayor potencial de mitigación relativa, con una media del 52% (y estimaciones que llegan hasta el 88%). La estrategia clave aquí es la desviación de residuos orgánicos de los vertederos para evitar las emisiones de metano, un gas con un enorme poder de calentamiento a corto plazo, además de potenciar el tratamiento separado y el reciclaje avanzado.
  • Construcción y edificación: este gigante es el sector con mayor potencial de mitigación en términos absolutos. Las estrategias circulares podrían ahorrar hasta 6,8 Gt de CO2 equivalente a nivel mundial para 2050. Las medidas con más impacto incluyen la reducción del espacio habitable por habitante, el diseño modular, la sustitución de materiales intensivos en carbono (como el acero y el cemento convencionales) por alternativas de bajas emisiones, y el uso de materiales biobasados como la madera, que actúan como sumideros temporales de carbono.
  • Transporte y movilidad: con un potencial de mitigación del 28%, la clave en este sector radica en el cambio de comportamiento, priorizando la movilidad compartida por encima de la mera sustitución tecnológica hacia el vehículo eléctrico.
  • Sistemas agroalimentarios: el potencial absoluto es gigantesco (hasta 7,3 Gt de CO2 equivalente para 2050), pero depende en gran medida de cambios estructurales en nuestra dieta. Transitar hacia patrones de consumo con menor huella de carbono, junto con la reducción del desperdicio alimentario y la adopción de prácticas de agricultura regenerativa, son acciones circulares indispensables y altamente efectivas.

Análisis de los desafíos para la integración en los Planes Nacionales (NECP)

A pesar de la evidencia científica y de que los marcos normativos europeos (como el EU ETS y la directiva IED 2.0) avanzan en la dirección correcta, existe una desconexión preocupante a nivel de gobernanza. La AEMA ha señalado que los Planes Nacionales de Energía y Clima (NECP) de muchos Estados miembros aún carecen de una cuantificación clara del impacto que las medidas de economía circular tendrán en la reducción de emisiones.

¿A qué se debe este desfase? Principalmente a barreras metodológicas. Por un lado, las herramientas de modelado climático tradicionales están diseñadas para el sector energético (midiendo en gigavatios-hora) y no logran capturar con precisión los ahorros derivados de la eficiencia de materiales (medidos en toneladas). Además, existe una gran variabilidad y falta de armonización en las bases de datos sobre la intensidad de carbono de los materiales secundarios, lo que genera mucha incertidumbre en las proyecciones climáticas. A esto se suma el problema de la fragmentación institucional: las carteras de cambio climático y de economía circular suelen estar en diferentes ministerios o departamentos, dificultando el diseño de políticas integradas que aprovechen sus enormes sinergias.

Conclusiones y recomendaciones

El mensaje que nos deja el marco estratégico de la AEMA para 2026 es rotundo: la circularidad ya no es opcional si queremos cumplir nuestros objetivos climáticos y mantener la competitividad industrial en Europa. Para lograrlo, los profesionales del sector, las empresas y los legisladores deben tener en cuenta las siguientes prioridades:

  • Combinar medidas «upstream» y «downstream»: aunque el reciclaje (downstream) es esencial, el mayor potencial se desbloquea combinándolo con ecodiseño, modelos de servitización y extensión de la vida útil de los productos (upstream).
  • Foco en materiales intensivos en clima: es imperativo priorizar la sustitución y el reciclaje de metales y materias primas intensivas en carbono, ya que generan muchas más emisiones durante su extracción y procesamiento que otros minerales.
  • Cuantificación del carbono embebido: resulta vital que las empresas comiencen a medir y reportar sus emisiones de alcance 3, centrándose en el carbono embebido en sus cadenas de suministro y priorizando las compras de materias primas secundarias.
  • Aprovechamiento de los beneficios en salud pública: los proyectos de economía circular deben destacar cómo sus acciones reducen paralelamente contaminantes locales (como partículas finas y NOx), lo cual justifica inversiones millonarias al ahorrar costes sanitarios.
  • Transparencia metodológica: es urgente adoptar marcos analíticos consistentes a nivel europeo y mejorar las herramientas de modelado en los NECP para integrar los beneficios de la eficiencia de materiales en las proyecciones climáticas nacionales.

La transición hacia una economía circular es nuestra mejor herramienta para construir un sistema económico que respete los límites planetarios mientras garantiza la prosperidad. Es hora de cerrar el círculo.

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