¿Cómo hemos cambiado? «Cuarto y mitad», el granel y la paradoja del plástico

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En mi serie de artículos sobre «¿Cómo hemos cambiado?», hoy me meto en un auténtico berenjenal. Cuando hablo de temas de economía circular, a menudo se espera de mí una postura radical y sin fisuras. Pero, reconozcámoslo, a veces tengo el «corazón partido» (como decía Alejandro Sanz) entre la eficiencia del pasado y las realidades del presente.

Si en capítulos anteriores hablamos de la bolsa de tela y el sifón de la bodega, hoy toca entrar en la tienda de ultramarinos. Ese lugar donde mi abuela Luisa pedía «cuarto y mitad» de legumbres o especias. Una medida que hoy suena a poesía frente a la frialdad de los 450 gramos del código de barras.

El encanto del «Cuarto y Mitad»: la medida justa contra el desperdicio

Aquella forma de comprar no solo era una cuestión de lenguaje; era una herramienta contra el desperdicio alimentario.

  • Comprabas exactamente lo que necesitabas.
  • No había envases innecesarios de por medio.
  • La relación con el tendero aseguraba la calidad del producto.

Hoy, aunque las tiendas de granel están resurgiendo en algunos barrios modernos, la mayoría hemos sucumbido a la comodidad del supermercado. Y aquí es donde asoma mi «vena plastiquera».

El papel del plástico: ¿Héroe o villano en la cadena alimentaria?

Como profesional del sector, no puedo ni quiero abandonar la defensa de los polímeros cuando tienen sentido. El envasado de alimentos no nació por capricho; nació por seguridad alimentaria y conservación.

El plástico permite:

  1. Prolongar la vida útil: reduce drásticamente el desperdicio de comida (que tiene una huella de carbono mucho mayor que el envase en sí).
  2. Protección sanitaria: especialmente en productos frescos como carne o pescado.
  3. Eficiencia en el transporte: al pesar menos que el vidrio o el metal, reduce las emisiones de CO2 durante el traslado.

Sin embargo, el problema no es el material, sino el uso indiscriminado. ¿Realmente necesitamos que cuatro mandarinas vengan en una bandeja de poliestireno envuelta en film transparente? Ahí es donde la circularidad falla estrepitosamente.

El caso Algramo y la innovación en el granel

Hace casi una década, una iniciativa chilena llamada Algramo revolucionó el sector. Su modelo de venta a granel en tiendas de barrio (mediante máquinas dispensadoras y envases inteligentes reutilizables) demostró que se podía unir tecnología, ahorro para el consumidor y sostenibilidad.

Aunque estos modelos enfrentan desafíos financieros y logísticos —y a menudo son adquiridos o transformados por grandes corporaciones—, nos dejaron una lección clara: es posible desvincular el consumo del residuo si rediseñamos el sistema de entrega.

El reto de los envases «de casa»: ¿Barrera sanitaria o mental?

Aquí es donde el debate se calienta. ¿Por qué no podemos llevar nuestro propio tupper a la carnicería o pescadería del supermercado?

  • El argumento sanitario: las normativas de seguridad alimentaria son estrictas. El establecimiento teme la contaminación cruzada si el envase del cliente no está en condiciones óptimas.
  • La solución circular: ya existen normativas que permiten esto (como el Real Decreto de Envases en España), pero la implementación es lenta. Requiere un protocolo de higiene y, sobre todo, un cambio en la operativa del personal de tienda.

Buscando el equilibrio: ¿Hacia dónde vamos?

No se trata de erradicar el plástico, sino de racionalizar su uso. La economía circular nos enseña que debemos ir a la causa, no al síntoma.

Si podemos comprar fruta, legumbres o frutos secos a granel sin riesgo, hagámoslo. Si la carne necesita un envase para garantizar que no te intoxiques, busquemos que ese envase sea monomaterial y 100% reciclable, o mejor aún, de un sistema de retorno.

Conclusión: un cambio de hábito sin prejuicios

Reconocer que el supermercado es cómodo no me hace menos experto en sostenibilidad; me hace realista. El cambio real no vendrá de la nostalgia, sino de exigir a las grandes superficies que adopten soluciones de granel moderno y que faciliten la reutilización.

Aún nos quedan algunos ejemplos en el tintero sobre cómo nuestras rutinas han mutado. Pero mientras tanto, te pregunto: ¿Te atreverías a pedirle al carnicero que use tu propio envase? ¿O crees que hemos llegado a un punto de no retorno en la cultura del envase?

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